Herbívoros y fuego controlado: una alianza necesaria para prevenir grandes incendios forestales
Rose Mary Canals
Catedrático de Cultivo de Pastos y Restauración de Ecosistemas, Universidad Pública de Navarra.
Reproducción del artículo publicado en La conversación el 3 de septiembre de 2025 ![]()
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Tras la ola de incendios que ha sacudido y conmocionado a España, ha surgido una conciencia común: es necesario gestionar el paisaje para que sea menos vulnerable a los incendios de alta intensidad.
Sin embargo, junto a esta lección aprendida surgen muchas preguntas que no tienen una respuesta sencilla. ¿Es posible restaurar los bosques originales en las zonas de mayor valor ecológico si aplicamos una gestión adecuada? ¿Podemos evitar que el fuego vuelva a los mismos lugares? ¿Cómo debemos abordar la gestión de las zonas de contacto entre el medio urbano y el forestal de una manera económica y sostenible?
Se trata de cuestiones complejas. Intentaré abordar algunas de ellas a la luz de lo que he aprendido a lo largo de más de tres décadas de trabajo en ecología de comunidades vegetales y en proyectos de restauración medioambiental en los que el fuego y los herbívoros han sido herramientas fundamentales.
Alteración de la dinámica de las perturbaciones naturales
Sabemos que las comunidades vegetales que se establecen en un lugar determinado responden a las condiciones climáticas y edafológicas imperantes, de modo que se selecciona el conjunto de especies vegetales mejor adaptadas a ese entorno concreto.
Pero eso no es todo. Existe un tercer factor decisivo que determina el establecimiento de una comunidad vegetal: el régimen histórico de perturbaciones. Este concepto engloba procesos naturales que, a primera vista, podrían parecer destructivos, pero que, en realidad, han moldeado la vegetación durante millones de años, como las sequías, las plagas, las avalanchas, la presencia de herbívoros y, por supuesto, el fuego. Cada comunidad vegetal se adapta a un régimen de perturbaciones específico y lo demuestra a través de las estrategias de adaptación de sus especies dominantes: espinas y toxinas contra los herbívoros, cortezas aislantes y piñas serotinas contra el fuego, etc.
La verdad es que los seres humanos hemos alterado profundamente estas dinámicas de perturbación natural, y lo hemos hecho con mayor intensidad durante el último siglo. Por ejemplo, los ecosistemas abiertos —aquellos dominados por vegetación herbácea, como praderas, matorrales dispersos, dehesas y sabanas— han experimentado un marcado descenso en el consumo de biomasa vegetal por parte de los herbívoros y están desapareciendo en favor de comunidades vegetales más lignificadas con una mayor carga de combustible.
Aunque la extinción de la megafauna comenzó a finales del Pleistoceno, en el Holoceno las poblaciones de ungulados herbívoros se han reducido drásticamente, y el ser humano ha desempeñado un papel decisivo en ello.
Además, las domesticaciones del Neolítico se centraron en un grupo específico de herbívoros, los animales de pastoreo, ya que se trata de animales gregarios, con movimientos migratorios predecibles y que se alimentan en zonas abiertas y bien visibles. Durante los últimos miles de años, los herbívoros domésticos han emulado el régimen de perturbación de los herbívoros silvestres, lo que ha contribuido a mantener ecosistemas abiertos. Sin embargo, en las últimas décadas, el fuerte declive de la ganadería extensiva y el auge de las explotaciones intensivas han alterado radicalmente esta dinámica.
Algo similar ha ocurrido con los regímenes naturales de incendios. Muchas comunidades vegetales, tanto en entornos mediterráneos como en regiones templadas y tropicales, tienen asociado un régimen natural de incendios, con una profunda función ecológica vinculada al reciclaje y la regeneración de la vegetación. El cambio climático, al generar condiciones extremas propicias para el fuego y someter a la vegetación a un severo estrés térmico e hídrico, la acumulación de combustible debido a la falta de gestión y la denominada «paradoja de la extinción» (décadas de supresión de incendios naturales que favorecen la acumulación de combustible) han alterado por completo ese equilibrio y están alimentando incendios cada vez más intensos y difíciles de controlar. En este escenario, los incendios serán inevitables y recurrentes, mientras haya vegetación que arder.
Relación entre los incendios y los herbívoros
Los herbívoros y el fuego siempre han estado estrechamente interrelacionados y, en las latitudes templadas y mediterráneas, han sido los dos grandes gestores y recicladores de la materia vegetal. La descomposición, aunque también cumple esa función, desempeña un papel más significativo en otros entornos. El herbívoro consume la vegetación de forma selectiva, lenta y repetida, transformándola en energía, crecimiento animal y nutrientes que devuelve parcialmente al suelo a través de sus excrementos. El fuego, por su parte, es un fenómeno poco frecuente que actúa de forma rápida e intensa, reciclando compuestos orgánicos tan resistentes como la lignina. Así, genera una gran mineralización de la materia vegetal —al reducirla a cenizas— que puede retenerse en el ecosistema o perderse (volatilización, escorrentía, lixiviación) dependiendo de la intensidad del fuego y de las condiciones locales tras el paso de las llamas.
Mientras que los herbívoros eligen lo que es más nutritivo y digestible, el fuego no hace distinciones. Se trata de procesos distintos pero complementarios y, cuando se gestionan de forma conjunta y planificada, imitando los regímenes naturales de perturbación, permiten mantener paisajes abiertos y de carácter mosaico a un bajo coste económico, combinando diferentes tipos de vegetación, con una baja carga de combustible y una elevada biodiversidad.
Conclusiones finales sobre la ecología de las perturbaciones
Las comunidades vegetales que conocemos han evolucionado a lo largo de millones de años, adaptándose a regímenes de perturbación específicos definidos por su tipo, intensidad y frecuencia. Por lo tanto, el tipo de perturbación dominante determina las características de los ecosistemas tanto como lo hacen el clima y el suelo. Allí donde predominan los herbívoros, las comunidades vegetales tienden a ser nutritivas y atractivas para ellos, buscando ser pastadas para garantizar su regeneración. Allí donde predomina el fuego, prosperan las especies inflamables que arden rápidamente y se regeneran con celeridad, lo que propicia nuevos incendios. Sin herbívoros y con el cambio climático en marcha, es fácil adivinar qué tipos de comunidades vegetales se verán favorecidas en el futuro: las comunidades adaptadas al fuego y que dependen de él principalmente para regenerarse.
Como señalan diversos expertos, muchas comunidades vegetales ya no se adaptan al clima en el que se originaron. Además, cabe añadir que están evolucionando y respondiendo al régimen actual de perturbaciones, que difiere del histórico, en el que la ausencia casi total de herbívoros deja al fuego como principal reciclador natural de la biomasa vegetal.
Todo apunta a que, impulsados por el cambio climático, los incendios se producirán con mayor frecuencia y, en muchos casos, será imposible restaurar muchos ecosistemas tal y como los conocíamos. Ante esta realidad, la gestión debe orientarse a reducir el estrés al que están sometidos nuestros bosques, disminuyendo su densidad y cobertura para restaurar las masas forestales y mitigar la gravedad de los incendios. Pero también es esencial promover paisajes mosaicos y espacios abiertos donde la ganadería extensiva y el pastoreo de herbívoros puedan cumplir la función de reciclaje perdida, tan vital en estos momentos.
Las quemas controladas pueden ayudar a controlar la vegetación leñosa en sus primeras etapas. Sin embargo, solo una combinación con planes de pastoreo plurianuales impedirá la consolidación de comunidades pirofíticas y reducirá la peligrosa dependencia del fuego como único mecanismo regulador de la materia vegetal. La combinación del uso técnico del fuego y el pastoreo respetuoso con el medio ambiente, denominada «herbivoría pirica», ofrece un enfoque de gestión sostenible, capaz de mantener ecosistemas más resilientes, menos inflamables y, al mismo tiempo, con mayor biodiversidad. En eso es en lo que estamos trabajando.

